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El eco de la extinción: Walton Ford y la alegoría de un mundo que se desvanece.

Escrito por Luis Felipe Valdez


En el umbral del siglo XXI, mientras la conciencia global comenzaba a despertar ante la magnitud de la crisis ecológica, un artista norteamericano emprendía un viaje singular y anacrónico hacia el pasado para iluminar los oscuros presagios del presente. Walton Ford, nacido en 1960 en Larchm

ont, Nueva York, no se conformó con seguir los derroteros del arte contemporáneo. En lugar de eso, volvió su mirada hacia los grandes folios de los naturalistas-exploradores de los siglos XVIII y XIX, John James Audubon, George Stubbs, Edward Lear, y rescató su estética, su minuciosidad y su escala monumental. Pero tras esa aparente fachada de ilustración científica decimonónica se esconde un bestiario complejo y perturbador, una densa capa de simbolismo donde la naturaleza no es un edén virgen, sino un escenario de poder, colonización, violencia y una melancolía profunda por lo que estamos perdiendo irrevocablemente. Su obra es un puente tendido entre el asombro romántico ante lo salvaje y la constatación luctuosa de la sexta extinción masiva del Antropoceno.


A primera vista, una acuarela de Ford podría confundirse con una lámina de Audubon. Emplea las mismas técnicas, una paleta similar, una atención obsesiva al detalle morfológico y botánico, y ese formato grandioso que impone respeto, como las páginas de The Birds of America. Sin embargo, una observación más prolongada revela la grieta en ese espejo. Los animales de Audubon, aunque a veces representados en plena acción depredadora, eran esencialmente espécimenes: individuos que representaban a toda una especie, eternizados en su esplendor para el catálogo del mundo. Los animales de Ford son individuos con psicología, protagonistas de narrativas alegóricas cargadas de significado histórico y político. No son meros objetos de estudio, sino sujetos de una tragedia.


Ford mismo ha explicado que cada una de sus obras es una biografía de un animal específico, a menudo basado en historias reales extraídas de diarios de exploradores, bestiarios medievales o relatos coloniales. The Graf Zeppelin, por ejemplo, no es solo un cuadro de un gorila. La obra recrea la historia de un simio capturado que fue llevado a bordo del famoso dirigible en 1929 en un vuelo de circunnavegación. El animal, yace melancólico aguardando en resignación dentro de una estructura que flota sobre un mapa del mundo. Es una imagen poderosa que condensa múltiples capas de lectura: la arrogancia de la conquista tecnológica, la domesticación y humillación de lo salvaje, la soledad del cautiverio y la utilización de la vida silvestre como un símbolo de estatus y poder. El gorila no es un animal; es un prisionero de la ambición humana, un explorador forzado de un mundo que ya no le pertenece.


Este lenguaje alegórico es el núcleo de su proyecto artístico. Ford bebe de fuentes literarias tan diversas como Las fábulas de Esopo, El libro de la selva de Kipling o los relatos de Jorge Luis Borges, tejiendo una red de referencias que transforma la escena natural en una parábola moral. En Falling Bough, una monumental acuarela, representa una miríada de aves apiñadas en el tronco de un árbol suspendido en el aire cuyas ramas se quiebran bajo su peso. Las aves, de plumaje iridiscente y actitudes humanizadas, se vuelven una crítica feroz a una sociedad que agota sus propios recursos hasta provocar su desmoronamiento. Es la naturaleza como espejo de la condición humana, una idea romántica, pero con un mensaje contemporáneo y urgentísimo.


Ford no pinta la naturaleza como una víctima pasiva, sino como un territorio donde se libra y se repite la batalla eterna entre el dominador y el dominado. Sus obras están pobladas de animales invasores, especies desplazadas, depredadores que se convierten en presas, en un ciclo de violencia que refleja la del hombre contra el hombre y contra su entorno.


La técnica, minuciosa y deliberadamente anacrónica, es fundamental para su mensaje. La acuarela, la gouache, la tinta y la aguada le permiten lograr esa transparencia, luminosidad y precisión propias de los antiguos maestros. Esta elección no es únicamente estética; es conceptual. Al adoptar el estilo de aquellos artistas que, al servicio de la ciencia y el imperio, catalogaron un mundo que parecía infinito, Ford subvierte su propósito original. Donde ellos veían abundancia, él ve fragilidad; donde ellos celebraban el descubrimiento, él denuncia la explotación. Su belleza artística no es un mero ornamento; es un señuelo, una carnada que atrae al espectador con la promesa de lo sublime natural para luego confrontarlo con la cruda realidad de la pérdida. Es la belleza como vehículo de una verdad incómoda.


Ford explora la figura del animal como símbolo de resistencia anticolonial, este se erige no como un monstruo, sino como una fuerza de la naturaleza indómita, un recordatorio de que el mundo natural siempre tiene el potencial de rebelarse contra el orden impuesto. Sus pinturas están repletas de detalles simbólicos que construyen una narrativa tan rica como una novela histórica.


Walton Ford es, en esencia, un historiador natural de lo que ya no existe y de lo que está a punto de desaparecer. Su obra constituye un diálogo profundo y polifónico entre el asombro del pasado y la conciencia del presente. Evoca la majestad de los cuadros de museo de historia natural, pero les infunde el pathos de la tragedia ecológica. Cada una de sus acuarelas es una cápsula del tiempo que, en lugar de guardar recuerdos inertes, nos interpela directamente sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra responsabilidad hacia las demás especies.


En el Antropoceno, la era definida por el impacto humano irreversible en el planeta, el arte de Ford se erige como una crónica indispensable. No ofrece soluciones fáciles ni panfletos verdes; ofrece complejidad, belleza perturbadora y una reflexión profundamente cultural sobre nuestra relación con la naturaleza. Nos recuerda que los animales que pintó Audubon con tanta devoción no eran solo modelos para ser dibujados, sino seres en un ecosistema del que nosotros mismos formamos parte. Al resucitar el lenguaje visual de los exploradores, Walton Ford no nos muestra un mundo que fue, sino que nos devuelve una imagen distorsionada y verdadera de nuestro propio mundo, un mundo al borde del abismo, donde la alegoría se convierte en el lenguaje más elocuente para narrar una posible y trágica última página. Su obra es un elegante y feroz memorial para todas las voces que el rugido de la civilización ha ido silenciando.



 
 
 

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